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28 agosto, 2020

La historia del fundador de Cabify y su particular estilo de vida

Para Juan De Antonio, su experiencia con Cabify puede englobarse dentro de esta definición. Creador del primer unicornio español, con una valuación de más de u$s1.400 millones, no solo es una «rara avis» en una industria en la que la brújula tiende a dar el norte en Silicon Valley, sino que, además, lleva una vida frugal, lejos de los lujos y excentricidades de muchos CEOs 4.0. El reportaje es de IproUp.

A sus 41 años, el fundador de la única app capaz de hacerle frente a Uber en América Latina y gran parte de Europa vive en un departamento de 60 metros cuadrados con un solo dormitorio, en el mismo edificio donde se crió y en el que todavía residen sus padres. 

Allí, en el distrito madrileño de Tetuán, en un lugar al que definió como el espacio de confort que le permite «mantener los pies sobre la tierra», lleva una vida marcada por el perfil bajo.

«A veces en la farmacia me preguntan: ¿Cómo va la empresa? Pero mi día a día es totalmente normal. El trabajo no te define como persona», asegura. Por ello, hasta el inicio de la pandemia, solía caminar 35 minutos hasta la sede central de la compañía (la antigua redacción del diario El Mundo), o tomarse un colectivo o Cabify los días de lluvia.

Preocupado por el medio ambiente, ni siquiera tiene auto propio. Mientras tanto, desarrolló todo un ecosistema de movilidad aprovechando los vehículos de otros.

Del pueblo a la ciudad

Los primeros años de De Antonio transcurrieron en La Velilla, un pueblo de 200 habitantes situado en Segovia, donde su familia regenteaba un hotel rural y él podía disfrutar de un mayor contacto con la naturaleza que en la capital española y de calles «libros de humo» debido a la ausencia casi total de vehículos.

Allí, entre calles estrellas y el ritmo cansino de las pequeñas comunidades, florecieron dos grandes intereses para el futuro emprendedor: por un lado, la naturaleza; por el otro, su afán por saber cómo «funcionan las cosas», lo que lo llevó a estudiar ingeniería.

«Cuando era pequeño si se estropeaba un despertador, lo abría y observaba su mecanismo, tenía curiosidad, por eso comencé a estudiar ‘telecomunicaciones», confesó en una entrevista.

En la universidad combinaba el estudio con trabajos ocasionales que le permitían mantener a flote sus finanzas: «Me puse a repartir pizzas y trabajaba en un bar; así ganaba unas monedas para salir con mis amigos en verano, pero cuando terminé la carrera me di cuenta de que no me había preocupado por trazar una trayectoria profesional y me pregunté: ¿De qué puedo trabajar ahora?».

Sin un rumbo claro, luego de finalizar su licenciatura en Telecomunicaciones en la Universidad Politécnica de Madrid, de Antonio intentó un futuro como ingeniero, proyecto que abandonó a los pocos meses.

Entendió que «las empresas son las que generan trabajo y las que realmente mueven la economía». Por ello, consideró que para entender al mundo hay que entender al ámbito privado, lo que lo llevó a probar suerte en la consultoría estratégica.

Así, de 2004 a 2007 trabajó en The Boston Consulting Group, donde aprendió de negocios, aunque aclaró que «sin llegar a ensuciarse las manos». El paso siguiente fue emigrar a Asia, donde pasó por Tailandia, Vietnam y Singapur, antes de desembarcar en Estados Unidos.

Con una beca Fullbright y un crédito del Ministerio de Educación español (que todavía está pagando) bajo el brazo, tomó un avión para estudiar un MBA en la Universidad de Stanford, la «cuna» de Silicon Valley. Otro capítulo comenzaba.

Nace el unicornio

El ecosistema emprendedor del norte de California lo empujó rápidamente hacia la búsqueda de sus propios negocios. Impulsado por su atmósfera repleta de startups, fondos de inversión y avances tecnológicos, comprendió en primera persona el modus operandi para pasar de la idea a la práctica.

«Entré en contacto con un montón de emprendedores y conocí un sistema muy desarrollado de financiamiento de empresas. Realmente me di cuenta de que gente, más o menos tan torpe como yo, había conseguido implementar grandes proyectos, tal y como ves en las películas de Hollywood», aseguró años atrás.

De vuelta en España, puso en marcha lo aprendido en la costa oeste de EE.UU. y lo combinó con su propia experiencia de vida, sobre todo con aquellos años vividos en La Velilla. El desafío que emprendió fue el de hacer ciudades más habitables, donde viajar fuera más cómodo y menos contaminante.

Así, en 2010 se convirtió en un pionero de la nueva movilidad eléctrica, al lanzar la marca Zero Motorcycle en Europa. Cómo suele pasar con muchos negocios disruptivos, fracasó por no estar en el momento y lugar adecuados. Todavía no era la hora para esta revolución.

El alto costo inicial de estas motocicletas hizo que la propuesta fuera muy poco atractiva para los clientes y empresarios, ya que la mayor parte de los ciudadanos de España recorre pocos kilómetros al día. Hubo que pensar en otra cosa.

El tropezón, sin embargo, no fue caída. La experiencia lo llevó a idear el concepto de Cabify en 2011. «Al ver fracasar mi negocio me surgió una idea, ¿y si pagáramos por el uso del vehículo en vez de por el vehículo en sí mismo?» confesó.

El nombre de la startup fue idea de Sam Lown, su amigo y socio, mientras buscaban dominios en internet con nombres cortos. La combinación de la palabra inglesa «Cab» (taxi en Gran Bretaña) con el sufijo «fy» (convertir en), fue suficiente para dar entidad a la idea de compartir un vehículo por minutos.

En ese momento De Antonio tenía apenas 32 años. La nóvel firma estableció su primera red en Madrid y, al poco tiempo, comenzó a atraer a inversores de un viejo conocido, Silicon Valley.

En febrero de 2012, la plataforma registró 20 mil usuarios, los cuales realizaron casi 3 mil viajes, únicamente en Madrid. En septiembre recaudó 4 millones de dólares en una ronda de inversión Series Seed de Black Vine, el fondo belga Emerge; Angels Investors a través de AngelList y una serie de financistas latinoamericanos.

Un año después de su fundación en España, la compañía comenzó sus operaciones en América Latina, abriendo filiales en México, Chile y Perú. Actualmente, el 80% de los ingresos de Cabify proviene del continente americano, incluyendo al mercado argentino. ​

La importancia de la plaza latinoamericana es tal que De Antonio pasa varios meses al año en México, donde no solo conoció a su esposa sino que además maneja las riendas de la región desde el DF.



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Posted on: Ago 28, 2020

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